La imagen siempre la misma. Tú corriendo por un bosque inmenso lleno de árboles sin ningún punto de destino. La tarde era desapacible y le acababas de cambiar las ruedas al coche porque le tocaba, decías. Ni siquiera te paraste a mirar si le hacía falta. Hay personas que hacen las cosas porque quieren;  son personas tan libres que no dan un paso por obligación. Tú eras una de ellas. Simplemente habíamos quedado para vernos en nuestra pequeña isla amueblada con toda esa decoración que nos gustaba tanto, hablar, reírnos de nuestras cosas que nos incluían a nosotros mismos, dar un paseo en aquel barco tan bonito que ibas a ver todos los días, que deseabas comprar para llevarme de viaje y besarnos como si el mundo se acababa en nosotros.

 Pero aquel día,  las ruedas fallaron y pararon en un punto de una carretera oscura. Ni siquiera tus grandes ojos verdes pudieron iluminar y desviar al que venía detrás. Desafortunadamente aquellas ruedas nunca volvieron a tocar la carretera. No conocían el itinerario porque eran nuevas y al igual que tú estaban llenas de  prisas por llegar a esa isla.

Las pérdidas son como ese azucarillo que se disuelve en el café en cuestión de segundos.  Casi no estás cortando el papel y ya se está cayendo. Se disuelven y no ves su dulzor,  pero está en el fondo de la taza. Ese sabor dulce se queda grabado en la memoria como algo único e irrepetible por la simple razón de que no lo vas a volver a saborear y solo lo puedes imaginar.

La imagen siempre la misma. Tú corriendo por un bosque inmenso sin ningún punto de destino y yo con los brazos estirados queriendo  agarrarte por la espalda para poder despedirme;  mientras desapareces entre los árboles.